Li Wei, un joven chino de 26 años, llevaba años viviendo lejos de su familia. Aquel día regresó al lujoso edificio donde había crecido, llevando únicamente una vieja mochila con sus pertenencias. Su padre, un hombre de 48 años, lo recibió con gritos y desprecio, diciéndole que no pertenecía a aquella familia. Li Wei, con lágrimas en los ojos, solo quería recuperar algunas cosas que su madre había dejado para él. Cuando su mochila cayó al suelo y sus recuerdos quedaron esparcidos, una mujer de 44 años apareció y reconoció inmediatamente su rostro. El joven levantó la mirada y dijo que ya no podía seguir ocultando quién era.
Después de aquel momento, la mujer llevó a Li Wei a una habitación privada. Allí le reveló que su padre había mentido durante más de veinte años. Li Wei no había sido abandonado por su familia como siempre le hicieron creer. Cuando era niño, su madre había intentado protegerlo de una terrible disputa familiar y lo había enviado lejos para mantenerlo a salvo.
Pero había algo más. La mujer sacó una caja que había guardado durante años. Dentro había cartas escritas por la madre de Li Wei, todas dirigidas a su hijo. Ninguna había sido entregada.
Li Wei comenzó a llorar al leer la primera carta.
Su padre apareció en la puerta y, por primera vez, dejó de gritar. Con la voz temblorosa, confesó que había ocultado las cartas porque temía que su hijo descubriera la verdad.
Li Wei lo miró fijamente.
—No me duele haberme ido —dijo—. Me duele saber que durante todos estos años pude haber sabido que mi madre nunca me abandonó.
Entonces la mujer le entregó una última carta.
Li Wei la abrió lentamente.
Al leerla, su rostro cambió por completo.
Su madre no había muerto. Y la carta tenía la dirección del lugar donde vivía.