
En la mansión más grande del barrio de Gangnam, en Seúl, vivía la familia Kang, dueña del Grupo Kang, una de las empresas más poderosas de Corea. El Presidente Kang Tae-sik era un hombre temido por todos. Nadie en la empresa se atrevía a llevarle la contraria, y en su casa tampoco. Su único hijo, Kang Min-jun, había crecido con todo el lujo del mundo, pero también sin el cariño de un padre que solo le hablaba para darle órdenes. Desde niño, su único amigo había sido Seo Ha-eun, la hija del señor Seo, el chofer que llevaba veinte años manejando el carro de la familia. Jugaban juntos en el jardín cuando eran pequeños, y con los años ese cariño se convirtió en amor. Durante tres años se vieron a escondidas, sabiendo que el Presidente nunca lo aceptaría. Pero esa noche, Min-jun decidió que ya no iba a esconderse más. Llevó a Ha-eun a la mansión, de la mano, delante de todos. El Presidente Kang ya lo sabía. Había contratado a un detective, y sin decir una palabra lanzó un sobre lleno de fotos sobre la mesa de cristal. Le preguntó a su hijo cómo se atrevía a traer a la hija de un chofer a esa casa. Min-jun le respondió que la amaba y que no la iba a dejar. Y el Presidente, con una voz helada, le dijo que desde ese momento ya no era su hijo ni llevaba su apellido.
EL CHOFER QUE NUNCA HABLÓ
Esa misma noche, el señor Seo fue despedido después de veinte años de trabajo. Los guardias de seguridad lo sacaron de la mansión con sus cosas en una caja de cartón, delante de su hija. Ha-eun se sentía culpable. Pensaba que todo era por su culpa, por haberse enamorado de quien no debía. Pero cuando llegaron al pequeño apartamento donde vivían, su padre no estaba enojado con ella. Estaba asustado. Se sentó en el piso, sacó una botella de soju y, después de un largo silencio, le dijo que había llegado el momento de contarle algo que había callado durante quince años. Le preguntó si recordaba a la señora Yoon, la primera esposa del Presidente Kang, la verdadera madre de Min-jun. Ha-eun la recordaba bien. Era una mujer dulce que siempre le regalaba dulces cuando era niña. Murió en un accidente de carro una noche de lluvia, cuando Min-jun tenía quince años. Todos dijeron que el carro se salió de la carretera por la tormenta. El señor Seo bajó la mirada y le dijo a su hija que eso no era verdad. Que esa noche él estaba ahí. Que él vio todo. Y que el Presidente Kang le había pagado una fortuna para que nunca dijera lo que vio, amenazándolo con hacerle daño a su hija si hablaba.
LO QUE PASÓ LA NOCHE DE LA LLUVIA
El señor Seo le contó a Ha-eun que aquella noche la señora Yoon había descubierto algo terrible. Había encontrado documentos que demostraban que su esposo estaba robando dinero de la empresa y engañando a los socios, incluida la familia de ella, que era la verdadera dueña de la mitad del Grupo Kang. La señora Yoon le dijo al chofer que la llevara a la fiscalía esa misma noche. Pero antes de salir, el Presidente Kang le ordenó al señor Seo que se quedara en casa, porque él mismo la llevaría. El señor Seo, preocupado, los siguió en otro carro. Bajo la lluvia, vio cómo el carro del Presidente se detenía en el puente. Vio que los dos discutían. Y vio que el Presidente Kang se bajaba solo del carro, justo antes de que el carro con la señora Yoon cayera al río. Cuando la policía llegó, el Presidente dijo que su esposa manejaba sola y que él no estaba con ella. El señor Seo guardó silencio. Pero antes de que la señora Yoon saliera esa noche, ella le había entregado una memoria USB con todas las pruebas. Le pidió que la guardara y que algún día se la diera a su hijo. El señor Seo la tuvo escondida quince años dentro de una caja de té, sin atreverse a usarla. Esa noche, por fin, se la puso en las manos a Ha-eun.
LA VERDAD FRENTE A MIN-JUN
Al día siguiente, Ha-eun buscó a Min-jun. Él estaba viviendo en un hotel pequeño, sin tarjetas de crédito, sin carro y sin trabajo, porque su padre le había quitado todo. Ha-eun no sabía cómo decirle algo tan terrible. Se sentaron en una banca junto al río Han y, con la voz temblando, le contó todo lo que su padre había visto. Min-jun no quería creerle. Le dijo que su padre era frío y cruel, pero que no era un asesino. Se levantó furioso y le dijo que estaba inventando todo para vengarse por el despido de su padre. Ha-eun no respondió. Solo le puso en la mano la memoria USB y se fue llorando. Esa noche, en el cuarto del hotel, Min-jun abrió la memoria en su computadora. Había documentos de la empresa, transferencias de dinero a cuentas secretas y, al final, un video. Era su madre, grabado la misma noche de su muerte. Miraba a la cámara con los ojos llenos de lágrimas y decía: «Min-jun, hijo, si estás viendo esto es porque no llegué a la fiscalía. Perdóname por dejarte solo con él. No confíes en tu padre.» Min-jun cerró la computadora y lloró por primera vez desde el funeral de su madre. Ahora sabía que Ha-eun le había dicho la verdad. Y también sabía que la había humillado cuando ella solo quería ayudarlo.
LA TRAMPA DEL PRESIDENTE
Min-jun fue corriendo al apartamento de Ha-eun para pedirle perdón. Pero cuando llegó, la puerta estaba abierta y todo estaba revuelto. Los muebles tirados, los cajones abiertos, la caja de té rota en el piso. Ni Ha-eun ni su padre estaban ahí. Desesperado, la llamó una y otra vez, pero el teléfono estaba apagado. Entonces su propio celular sonó. Era un número desconocido. Contestó y escuchó la voz tranquila de su padre, el Presidente Kang. Le dijo que sabía que había visto el video. Le dijo que el señor Seo y su hija estaban «descansando» en un lugar seguro, y que no les pasaría nada si Min-jun hacía exactamente lo que él le pidiera. Tenía que llevarle la memoria USB a la oficina principal del Grupo Kang esa misma noche, solo, sin policía. Y además tenía que firmar un documento renunciando para siempre a la herencia de su madre, la mitad de la empresa que por ley le pertenecía. Min-jun apretó el teléfono con rabia y le preguntó por qué hacía todo eso. El Presidente se rió despacio y le respondió algo que lo dejó sin aire: «Porque tu madre no fue la única que descubrió la verdad, hijo. Hay alguien más en esta familia que sabe que tú no eres mi hijo.»
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