La lluvia caía sobre Seúl cuando Ji-eun empujó la puerta de la pequeña panadería familiar después de ocho meses sin volver. El olor a pan recién hecho llenaba el local, pero no le trajo ningún recuerdo feliz. Había pasado todo ese tiempo estudiando en otra ciudad, trabajando por las noches y tratando de construir una vida lejos de aquella casa donde siempre sintió que nunca era suficiente. Detrás del mostrador estaba su abuela, Sun-hee, una mujer de sesenta y ocho años que había levantado aquella panadería con sus propias manos. Su rostro parecía más cansado, más arrugado y mucho más triste que la última vez que la vio. Ji-eun dejó su bolso sobre el mostrador y habló sin saludar. —Vendiste la panadería sin decirme nada. Sun-hee no apartó la vista de ella. —Porque tú ya habías vendido a esta familia hace mucho tiempo. Las palabras le cayeron como una bofetada. —¿Cómo puedes decirme eso? ¡Me fui para estudiar! La anciana cerró lentamente la caja registradora. —Y nunca volviste cuando tu madre estaba muriendo. Ji-eun sintió que el aire le faltaba. Sabía que su madre había estado enferma, pero nunca imaginó que hubiera sido tan grave. Su abuela le había dicho por teléfono que estaba mejorando. Le aseguró que no dejara los estudios y que todo estaba bajo control. Ahora descubría que le habían mentido.
La mentira que llegó demasiado tarde
Ji-eun se acercó al mostrador con lágrimas en los ojos. —¿Mi madre estaba muriendo y me dijiste que estaba bien? Sun-hee bajó la mirada. —Ella me lo pidió. —¡No te creo! La rabia y el dolor se mezclaron dentro de ella. Durante meses trabajó hasta el agotamiento pensando que su madre se recuperaría. Nunca volvió porque creyó que todavía tenía tiempo. —¡Yo habría regresado! —gritó Ji-eun. La anciana levantó la mirada con los ojos llenos de lágrimas. —Tu madre sabía que, si volvías, abandonarías tus estudios para siempre. Ji-eun golpeó el mostrador con fuerza. —¡Era mi madre! Sun-hee se levantó lentamente. —Y murió esperando escucharte decir “voy a volver”. Aquellas palabras la destrozaron. Ji-eun sintió que el mundo se derrumbaba. Todo el resentimiento que había acumulado durante años explotó de golpe. Sin pensarlo, levantó la mano y le dio una fuerte bofetada a su abuela. El sonido resonó en toda la panadería. Sun-hee giró el rostro por el golpe y permaneció en silencio unos segundos. Ji-eun respiraba agitadamente, incapaz de creer lo que acababa de hacer.
La segunda bofetada
La anciana volvió lentamente el rostro. Tenía lágrimas en los ojos, pero no había odio en su mirada. —¿Ya terminaste de culparme por todo? —preguntó con una voz quebrada. Ji-eun comenzó a llorar. —¡Me robaste la última oportunidad de ver a mi madre! Sun-hee dio un paso hacia ella. —No. La última oportunidad te la robó el orgullo que llevas desde que eras una niña. Ji-eun sintió que aquellas palabras la hirieron más que la verdad sobre su madre. La anciana levantó la mano y le devolvió una fuerte bofetada. Ji-eun retrocedió en shock. Nunca en su vida su abuela le había pegado. Sun-hee comenzó a llorar. —Tu madre murió llorando por ti… pero nunca dejó de defenderte. El silencio llenó la panadería. Solo se escuchaba la lluvia golpeando las ventanas. Ji-eun se llevó la mano a la mejilla y miró a la mujer que la había criado casi toda su vida. Por primera vez vio en ella no a una anciana dura, sino a una madre que también acababa de perder a su hija.
El secreto que nadie debía conocer
Sun-hee respiró profundamente y se sentó detrás del mostrador. —Hay algo que tu madre me pidió que nunca te contara. Ji-eun levantó lentamente la mirada. —¿Qué cosa? La anciana dudó unos segundos. —Quién es realmente tu padre. Ji-eun quedó inmóvil. Toda su vida creyó que su padre había abandonado a la familia cuando ella era pequeña. Su madre nunca hablaba de él y Sun-hee siempre cambiaba de tema. Con el tiempo dejó de preguntar. —¿Qué quieres decir con “realmente”? La anciana cerró los ojos. —El hombre que tú llamabas papá no era tu padre biológico. Ji-eun sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. —Eso es mentira. —Ojalá lo fuera. La joven retrocedió lentamente. —¿Mi madre lo sabía? —Sí. —¿Y él? Sun-hee tardó en responder. —También. Ji-eun dejó de respirar por un instante. El hombre al que había odiado durante años por abandonarlas había criado a una niña que no era suya.
La confesión antes de morir
La lluvia seguía cayendo con fuerza cuando Sun-hee habló de nuevo. —Tu madre me lo confesó la noche antes de morir. Ji-eun sintió que las piernas le temblaban. —¿Quién es mi verdadero padre? La anciana negó lentamente con la cabeza. —No quiso decirme su nombre. —¡Eso no tiene sentido! —Dijo que si tú descubrías quién era, tu vida correría peligro. Ji-eun la miró aterrorizada. —¿Qué clase de hombre era? Sun-hee respondió con una voz apenas audible. —Un hombre que nunca debió acercarse a nuestra familia. Ji-eun comenzó a llorar sin control. En una sola noche había perdido la imagen de su madre, de su padre y de toda su historia familiar. Entonces recordó la primera frase de su abuela. —¿Por eso vendiste la panadería? Sun-hee levantó la mirada. —La vendí porque alguien vino a buscarte.
El hombre que regresó por mí
El corazón de Ji-eun comenzó a latir con fuerza. —¿Quién? La anciana no respondió inmediatamente. Miró hacia la puerta de la panadería, completamente pálida. En ese momento alguien golpeó tres veces desde afuera. Ji-eun se giró lentamente. Sun-hee susurró con miedo: —El mismo hombre que estuvo preguntando por ti la noche en que murió tu madre. Ji-eun quedó paralizada mirando la puerta. Y por primera vez comprendió que la venta de la panadería nunca fue el verdadero problema. El verdadero problema acababa de regresar para encontrarla.