El cumpleaños que destruyó a un padre

La lluvia caía sobre el pequeño barrio de Seúl mientras la casa de los Park intentaba parecer alegre por una sola noche. Había globos baratos pegados a la pared, una mesa vieja cubierta con un mantel descolorido y un pastel sencillo con una única vela encendida. Park Yuna cumplía veinticinco años, pero no sonreía. Frente a ella estaba su padre, Park Dae-sung, sosteniendo el cuchillo para cortar el pastel con las manos temblorosas. El reloj marcaba las once y cincuenta y nueve, y el sonido del tic tac parecía más fuerte que la lluvia. Yuna observó la silla vacía al lado de la mesa. Esa silla siempre estaba allí en cada cumpleaños. Nadie se sentaba. Nadie hablaba de ella. Cuando era niña preguntaba por qué, pero su padre cambiaba de tema o simplemente guardaba silencio. Con los años dejó de preguntar y comenzó a odiar esa silla más que cualquier otra cosa. Dae-sung intentó sonreír. —Feliz cumpleaños, Yuna. Ella no respondió. Miró la vela durante unos segundos y luego la apagó con furia antes de que él pudiera cortar el pastel. El humo subió lentamente entre ellos. —Veinticinco cumpleaños esperando que me felicites como a una hija, y hoy vuelves a mirar esa silla vacía antes que a mí. El cuchillo cayó sobre la mesa con un sonido metálico que rompió el silencio de la casa. Dae-sung levantó la mirada, herido y furioso al mismo tiempo. Yuna sintió que todos los años de dolor salían de golpe. Recordó las fiestas escolares donde otros padres abrazaban a sus hijos. Recordó que su padre siempre parecía triste el día de su cumpleaños. Recordó las veces que creyó que había hecho algo malo solo por haber nacido. La lluvia golpeó más fuerte las ventanas mientras el resentimiento de toda una vida llenaba el pequeño comedor.

La sombra del hijo que nunca desapareció

Yuna respiró con dificultad. Ya no quería seguir fingiendo que todo estaba bien. Durante años soportó el silencio de su padre, sus miradas perdidas y la forma en que cada cumpleaños parecía un funeral disfrazado de celebración. —Nunca me miras como si este día fuera mío —dijo con la voz quebrada—. Siempre estás pensando en él. Dae-sung apretó los puños. —No hables de cosas que no entiendes. —Entonces explícame. Explícame por qué crecí sintiendo que competía con alguien que ni siquiera está aquí. Su padre guardó silencio, y ese silencio la hirió más que cualquier palabra. Yuna recordó una fotografía escondida que encontró cuando tenía doce años: un niño sonriendo junto a Dae-sung. Cuando preguntó quién era, él le arrebató la foto y

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