En una prisión, una anciana limpiaba el suelo mientras una reclusa la vigilaba con desprecio. La mujer estaba agotada y tenía los ojos llenos de lágrimas, pero la reclusa no dejaba de darle órdenes. «¡Trapea bien! ¡Quiero ese piso completamente limpio!», le gritó con dureza. La anciana continuó limpiando con las manos temblorosas, intentando no llorar frente a ella. Después de unos segundos, se detuvo y levantó lentamente la mirada. «¿Qué les hice? ¿Por qué me maltratan?», preguntó con la voz quebrada.
La reclusa se acercó con una expresión de desprecio y le ordenó que siguiera trabajando. La anciana bajó la mirada y continuó limpiando mientras las lágrimas recorrían su rostro. De repente, las puertas de la prisión se abrieron de golpe y entró la directora, elegantemente vestida. Al ver a la anciana en el suelo, su expresión cambió completamente. «¡¿Qué está pasando aquí?! ¡¿Por qué molestan y maltratan a mi madre?!», gritó furiosa. La reclusa se quedó completamente paralizada.
Primero miró a la directora y después a la anciana. Su rostro pasó del desprecio al miedo en cuestión de segundos. «¿Tu… madre?», susurró, sin poder creer lo que acababa de escuchar. La directora caminó lentamente hacia la anciana y la ayudó a levantarse. «Sí. Mi madre», respondió con una mirada fría. La reclusa retrocedió, completamente nerviosa, sin saber qué decir. La directora la observó fijamente y preguntó: «Ahora vas a explicarme exactamente por qué la tratabas así». La anciana permaneció en silencio, mientras la reclusa comprendía que acababa de cometer un terrible error.