La lluvia caía sobre Seúl cuando Kim Ha-neul salió del baño sosteniendo una pequeña prueba de embarazo entre sus manos. Su corazón latía con fuerza, pero no por miedo. Latía por emoción. Durante semanas había sospechado que algo estaba cambiando en su cuerpo, y ahora la respuesta estaba frente a ella. Sonrió sin poder contener las lágrimas de felicidad y caminó hacia la sala del apartamento que compartía con Park Ji-hoon. Él estaba sentado en el sofá revisando mensajes en su teléfono, ajeno al momento que estaba a punto de cambiar sus vidas para siempre. Ha-neul se acercó lentamente, respiró profundo y le mostró la prueba con una sonrisa temblorosa. —¡Vamos a ser padres! Durante un segundo imaginó abrazos, lágrimas de alegría y planes para el futuro. Pero la expresión de Ji-hoon cambió por completo. Sus ojos se endurecieron, su mandíbula se tensó y la alegría de Ha-neul comenzó a desmoronarse antes de que él dijera una sola palabra. Él tomó la prueba, la miró unos segundos y, de repente, le dio una fuerte bofetada. El golpe hizo que el rostro de Ha-neul girara hacia un lado y el sonido retumbó en la sala silenciosa. Ella quedó paralizada, incapaz de comprender lo que acababa de ocurrir. Ji-hoon la miró con rabia y dijo: —¡Yo no voy a tener un hijo con una chica como tú! ¡Tienes que abortar ese niño ahora! Las palabras la golpearon más fuerte que la bofetada. El hombre con el que había compartido tres años de su vida, el hombre que le prometió un futuro juntos, estaba rechazando no solo al bebé, sino también a ella. La felicidad que había llenado su pecho unos segundos antes se convirtió en un dolor tan profundo que apenas podía respirar.
El amor que comenzó a romperse
Ha-neul permaneció inmóvil con lágrimas en los ojos. Recordó el día en que conoció a Ji-hoon en una cafetería cerca de la universidad. Él era atento, divertido y parecía verla de una manera que nadie más lo hacía. Durante años creyó que habían construido una relación sólida. Hablaron de matrimonio, de una casa propia y de formar una familia cuando llegara el momento adecuado. Por eso aquella reacción era imposible de entender. —¿Qué acabas de decir? —preguntó con la voz quebrada. Ji-hoon caminó de un lado a otro de la sala, claramente alterado. —No puedo arruinar mi vida por esto. Ha-neul sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. “Esto”. Así llamaba al hijo que acababan de descubrir. —¿Mi vida? —repitió ella—. ¿Y la nuestra? Ji-hoon evitó mirarla directamente. —No estoy listo para ser padre. —Entonces dime que tienes miedo, pero no me pidas que mate a nuestro hijo. Él soltó una risa amarga. —¿Nuestro hijo? Ni siquiera sé si quiero seguir contigo. Esas palabras terminaron de destruir algo dentro de Ha-neul. Comprendió que la bofetada no había sido un impulso aislado. Era la revelación de una verdad que ella no había querido ver: Ji-hoon nunca había amado el futuro que prometía. Solo amaba la comodidad de tenerla a su lado mientras nada exigiera un verdadero compromiso. Las lágrimas siguieron cayendo, pero junto al dolor comenzó a nacer algo diferente. Una fuerza silenciosa que no conocía.
La bofetada que cambió mi vida
Ha-neul bajó la mirada, recogió la prueba de embarazo del suelo y la sostuvo con ambas manos. Respiró profundamente. Durante unos segundos el apartamento quedó en