
Daniel tenía treinta años, un pequeño taller de carpintería y una sola camisa blanca que guardaba para las ocasiones importantes. Había conocido a Isabella dos años atrás, cuando lo contrataron para restaurar la biblioteca de la mansión de su padre, y desde el primer día ella se sentaba a verlo trabajar y a preguntarle por cada herramienta. Se enamoraron despacio, entre el olor a madera y las tazas de café que ella le llevaba a escondidas. Aquel domingo Daniel decidió que no quería seguir amándola en secreto. Planchó la camisa, lustró los únicos zapatos que tenía y gastó lo que había ahorrado en tres semanas en un ramo de rosas rojas. Caminó hasta la mansión porque no le alcanzaba para el taxi. Don Aurelio, uno de los hombres más ricos de la ciudad, lo recibió en el salón principal, bajo la lámpara de cristal, con su traje negro y su reloj de oro. Daniel respiró hondo, apretó el ramo con las dos manos y dijo con respeto: «Don Aurelio, vengo a pedirle la mano de su hija Isabella». El empresario lo miró de arriba abajo, desde los zapatos gastados hasta el cuello de la camisa, y soltó una risa seca. «¿Tú? ¿Con esas flores baratas vienes a pedir a mi hija?». Antes de que Daniel pudiera responder, le arrebató el ramo de las manos y, con la voz temblando de rabia, pronunció la frase que retumbó en todo el salón: «¡Mi hija jamás se casará con un vagabundo!». Daniel sintió que la cara le ardía, pero no bajó la mirada. Había llegado hasta ahí por amor, y no pensaba irse sin defenderlo.
La palabra de un hombre honrado
Con la voz tranquila, Daniel le pidió una oportunidad. Le dijo que no era rico, pero que era un hombre trabajador y honrado, que nunca le había debido un peso a nadie y que lo único que podía ofrecer eran sus manos y su palabra. Don Aurelio dejó el ramo sobre una mesa como quien suelta algo sucio y respondió sin mirarlo: «Mi respuesta es no, Daniel. Isabella merece otra vida. Esta conversación se terminó». Pero la conversación no había terminado. Isabella lo había escuchado todo desde lo alto de la escalera y bajó los escalones de mármol con el corazón en la garganta. «¡Papá, me voy a casar con Daniel! No me importa su estatus ni su dinero», dijo con una firmeza que su padre no le conocía. «¡Jamás!», gritó don Aurelio. Le recordó los colegios, los viajes, la vida que él le había dado, y le advirtió que si salía por esa puerta con ese hombre se olvidara de su apellido y de su herencia. Isabella lloraba, pero no dudó. Subió a su habitación, bajó con una maleta pequeña y tomó la mano de Daniel. Antes de salir miró a su padre y le dijo que prefería una casa humilde con amor que un palacio con miedo. La puerta se cerró. Don Aurelio se quedó solo en medio del salón, rodeado de mármol y de silencio, con el ramo de rosas baratas sobre la mesa. Nadie en esa casa imaginaba que aquel hombre duro acababa de escuchar, palabra por palabra, la misma escena que había marcado su propia vida cuarenta años atrás.
El secreto de don Aurelio
Esa noche don Aurelio no pudo dormir. Fue a su estudio, abrió la caja fuerte y, en lugar de dinero, sacó una vieja lata de galletas oxidada. Adentro había un ramito de flores secas y una fotografía en blanco y negro de un muchacho flaco, con una camisa prestada, abrazando a una joven sonriente. El muchacho era él. Cuarenta años atrás, Aurelio era ayudante de albañil y estaba enamorado de Elena, la hija de un hacendado. Un domingo juntó sus ahorros, compró las flores más baratas del mercado y fue a pedir su mano. El padre de Elena le tiró el ramo al piso y lo echó de la casa llamándolo con la misma palabra que él acababa de usar: vagabundo. Elena se escapó con él esa misma semana. Se amaron con l